martes, 15 de julio de 2008

Letra T

TELÉFONO:
Acaso el error sea establecer que al principio estamos yo y un teléfono en un espacio finito como sería mi casa, mientras que lo que debo comunicar es mi situación respecto a muchos teléfonos que suenan, teléfonos que a lo mejor no me llaman a mí, no tienen conmigo ninguna relación, pero basta el hecho de que yo pueda ser llamado a un teléfono para que pueda ser posible o al menos pensable que pueda ser llamado por todos los teléfonos. Por ejemplo cuando suena el teléfono en una casa vecina a la mía y por un momento me pregunto si suena en mi casa, duda que al punto resulta infundada, pero de la cual, sin embargo, queda un residuo, ya que podría darse que la llamada en realidad fuera para mí, pero que por un error de número o un contacto de los cables haya acabado en el vecino, tanto más cuanto que en aquella casa no hay nadie para contestar y el teléfono sigue sonando, y entonces con la lógica irracional que el timbre nunca deja de despertar yo pienso: quizá es de veras para mí, quizá el vecino está en casa y no contesta porque lo sabe, quizá también quien llama sabe que llama a un número equivocado, pero lo hace adrede para mantenerme en este estado, sabiendo que no puedo contestar, pero que sé que debería contestar.

O bien la angustia de cuan do acabo de salir de casa y oigo sonar un teléfono que podría ser el mío o bien el de otro apartamento y regreso atropelladamente, llego jadeante por haber subido las escaleras a la carrera y el teléfono calla y nunca sabré si la llamada es para mí.

O también mientras estoy en la calle, y oigo sonar teléfonos en casas desconocidas; hasta cuando estoy en ciudades desconocidas, en ciudades donde todos ignoran mi presencia, incluso entonces, oyendo sonar, cada vez, mi primera idea durante una fracción de segundo es que ese teléfono me llama a mí, y en la siguiente fracción de segundo se produce el alivio de saberme por ahora excluido de toda llamada, inalcanzable, a salvo, pero es sólo una fracción de segundo lo que dura ese alivio, porque inmediatamente después pienso que no es sólo ese teléfono desconocido el que está sonando, sino que está también a muchos kilómetros, cientos y miles de kilómetros, el teléfono de mi casa que seguramente en ese mismo momento suena sin interrupción en las habitaciones desiertas, y de nuevo me veo desgarrado entre la necesidad y la imposibilidad de contestar. [Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero, En una red de líneas que se entrelazan, 1979, Siruela, 2003, pp. 146-147, tr. Esther Benítez]


TOLVANERA:

Rojeantes, grisáceas o pardas apariciones que brotan de pronto como si fuesen un surtidor de agua o un géiser de vapor, salvo que los torbellinos son imágenes de la sed, malignas celebraciones de la aridez. Fantasmas que danzan al girar, avanzan, retroceden, se inmovilizan, desaparecen aquí, reaparecen allá: apariciones sin substancia, ceremonias de polvo y aire. [Octavio Paz, El mono gramático, 1970]


TODO:
Marco Polo describe un puente, piedra por piedra.

- ¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente?- pregunta Kublai Kan.

- El puente no está sostenido por esta piedra o por aquélla- responde Marco-, sino por la línea del arco que ellas forman.

Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:

- ¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco.

Polo responde:

- Sin piedras no hay arco.

[Italo Calvino, Las ciudades invisibles, 1972]


TRAPECISTA :
Poco después, asqueado, decidido a renunciar a cualquier carrera artística, pero sin querer abandonar el mundo del espectáculo, se hizo empresario de un acróbata, un trapecista al que habían hecho rápidamente famoso dos particularidades: la primera era su extrema juventud -no había cumplido aún doce años cuando lo conoció Rorschash-; la segunda, su facilidad para permanecer hotas seguidas subido en el trapecio. El público corría a los music-halls y a los circos donde actuaba para verlo no sólo ejecutar sus ejercicios sino dormir la siesta, lavarse, vestirse y tomarse una taza de chocolate en la estrecha barra del trapecio, a treinta o cuarenta metros del suelo.

Su asociación fue próspera al principio y todas las grandes capitales de Europa, África del Norte y Cercano Oriente aplaudieron aquellas extraordinarias proezas. Pero, a medida que el trapecista se hacía mayor, se volvía más exigente. Impulsado al principio sólo por la idea de perfeccionarse y luego por un hábito que se había hecho tiránico, había organizado su vida para poder permanecer en el trapecio día y noche, todo el tiempo que trabajara en un mismo local. Había siempre subalternos que se turnaban para satisfacer todas sus necesidades, muy reducidas por lo demás ; esperaban al pie del trapecio y subían y bajaban todo aquello que necesitaba el artista en unos recipientes fabricados especialmente para ello. Aquel tipo de vida no creaba verdaderas dificultades a los demás ; tan sólo molestaba un poco durante los otros números del programa ; no se podía ocultar que el trapecista se había quedado arriba, y el público, aunque solía estar muy quieto, dejaba escapar alguna que otra mirada hacia el artista. Pero la dirección no se lo tenía en cuenta : era un acróbata extraordinario al que habría sido absolutamente imposible sustituir. Además, reconocía sin reparos que, si vivía de aquel modo, no era por fastidiar ; sólo así podía mantenerse siempre en forma y dominar su arte a la perfección.

El problema era más difícil de resolver cuando expiraban los contratos y el trapecista debía trasladarse a otra ciudad. El empresario no escatimaba nada para abreviar al máximo sus sufrimientos ; en los núcleos urbanos se usaban coches de carreras ; circulaban a toda velocidad de noche o al rayar el día por las calles desiertas ; pero siempre iban demasiado despacio para la impaciencia del artista ; en el tren reservaban un compartimento entero, donde podía intentar vivir un poco como en su trapecio y dormir sobre la red ; en el lugar de destino se instalaba el trapecio mucho antes de la llegada del acróbata ; se mantenían abiertas todas las puertas y despejados todos los pasillos para que, sin perder un sólo instante, pudiera regresar a sus alturas. Escribe Rorschash : « Cuando le veía poner el pie en la escalera de cuerda, trepar como un rayo y encaramarse por último en lo alto, vivía siempre uno de los momentos más bellos de mi vida. »

Pero, ¡ay !, llegó un día en el que el trapecista se negó a bajar. Acababa de terminar su actuación en el Gran Teatro de Livourne y había de salir en automóvil para Tarbes aquella misma noche. A pesar de las súplicas de Rorschash y del director de music-hall, a als que pronto se sumaron los gritos cada vez más exaltados del resto de la compañía, de los músicos, los empleados y técnicos del teatro y del público que había empezado a salir, pero se había detenido y había vuelto atrás al oír todos aquellos clamores, el acróbato cortó orgullosamente la cuerda que le habría permitido bajar y empezó a ejecutar con ritmo cada vez más rápido una sucesión ininterrumpida de grandes soles. Duró dos horas aquella última proeza y provocó cincuenta y tres desmayos en la sala. Tuvo que intervenir la policía. Desollendo las advertencias de Rorschash, los agentes trageron una escalera de bomberos de las mayores y empezaron a subir por ella. No llegaron ni a su mitad. : el trapecista abrió las manos y, con un prolongado alarido, fue a estrellarse contra el suelo al término de una implacable parábola. [Georges Perec, La vida instrucciones de uso, capítulo XIII Rorschash, 1, 1978, Anagrama, 2001, tr. Josep Escué]


TUTEO:

Llamamos “tuteo” al momento de la puesta en relación que embarca al Otro en la misma balsa que yo, que le entrega al diálogo, la intimidación de responder, de situarse. [Bruckner y Finkielkraut, El nuevo desorden amoroso, 1977]

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