martes, 15 de julio de 2008

Letra F

FALSIFICACIÓN:
Ha venido a verme un tipo que dice ser un traductor mío, para advertirme de un abuso que nos perjudica a ambos: la publicación de traducciones no autorizadas de mis libros. Me ha enseñado un volumen que hojeé sin sacar gran cosa de él: estaba escrito en japonés y las únicas palabras en alfabeto latino eran mi nombre y apellido en la portada.

-Ni siquiera consigo entender de cuál de mis libros se trata- he dicho, devolviéndole el volumen-, por desgracia no conozco el japonés.

-Aunque conociese la lengua no reconocería el libro- ha dicho mi visitante-. Es un libro que usted no ha escrito nunca.

Me ha explicado que la gran habilidad de los japoneses para fabricar perfectos equivalentes de los productos occidentales se ha ampliado a la literatura. Una empresa de Osaka ha conseguido apropiarse de la fórmula de las novelas de Silas Flannery y consigue reproducirlas absolutamente inéditas y de primer orden, tales que puedan invadir el mercado mundial. Retraducidas al inglés (o mejor dicho, traducidas al inglés del cual se finge que han sido traducidas), ningún crítico podría distinguirlas de las auténticas Flannery.

La noticia de esta diabólica estafa me ha trastornado; pero no es sólo la comprensible rabia por los perjuicios económicos y morales; siento también una trepidante atracción por esas falsificaciones, por este acodo de mí mismo que germina en el terreno de otra cultura. Me imagino a un viejo japonés con kimono que pasa por un puentecillo curvado: es el yo mismo nipón que está imaginando una de mis historias y llega a identificarse conmigo como resultado de un itinerario espiritual que me es completamente ajeno. Por lo cual los falsos Flannery publicados por la estafadora empresa de Osaka serían, sí, vulgares imitaciones, pero al mismo tiempo contendrían una sabiduría refinada y arcana de la cual los auténticos Flannery carecen por completo. [Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero, VIII Del diario de Silas Flannery, 1979, Siruela, 2003, pp. 189-190, tr. Esther Benítez]


FAUNA:
Invasiones recurrentes afligieron a la ciudad de Teodora durante los siglos de su historia: por cada enemigo derrotado otro cobraba fuerzas y amenazaba la sobrevivencia de los habitantes. Liberado el cielo de los cóndores, hubo que enfrentar el aumento de las serpientes; el exterminio de las arañas permitió a las moscas negrear y multiplicarse; la victoria sobre las termitas entregó la ciudad al poder de la carcoma. Una por una las especies irreconciliables con la ciudad tuvieron que sucumbir y se extinguieron. A fuerza de despedazar escamas y caparazones, de arrancar élitros y plumas, los hombres dieron a Teodora la exclusiva imagen de ciudad humana que todavía la distingue.

Pero antes, durante largos años, no se supo si la victoria final no recaería en la última especie que quedara para disputar a los hombres la posesión de la ciudad: las ratas. De cada generación de roedores que los hombres conseguían exterminar, los pocos sobrevivientes daban a luz una progenie más aguerrida, invulnerable a las trampas y refractaria a todo veneno. Al cabo de pocas semanas, los subterráneos de Teodora volvían a inundarse de hordas de ratas prolíficas. Finalmente, en una postrer hecatombe, el ingenio mortífero y versátil de los hombres logró la victoria sobre las exuberantes actitudes vitales de los enemigos.

La ciudad, gran cementerio del reino animal, volvió a cerrarse aséptica sobre las últimas carroñas enterradas junto con las últimas pulgas y los últimos microbios. El hombre había restablecido finalmente el orden del mundo que él mismo había perturbado: no existía ninguna otra especie viviente que pudiera ponerlo en peligro. En recuerdo de lo que había sido la fauna, la biblioteca de Teodora custodiaría en sus anaqueles los volúmenes de Bufón y de Linneo.

Por lo menos esto es lo que creían los habitantes de Teodora, lejos de suponer que una fauna olvidada estaba despertando de su letargo. Relegada durante largo tiempo a escondrijos apartados desde que fuera excluida por el sistema de especies ya extinguidas, la otra fauna volvía a la luz desde los sótanos de la biblioteca donde se conservan los incunables, saltaba desde los capiteles y las gárgolas, se instalaban a la cabecera de los durmientes. Las esfinges, los grifos, las quimeras, los dragones, los hircocervos, las harpías, las hidras, los unicornios, los basiliscos volvían a tomar posesión de su ciudad. [Italo Calvino, Las ciudades invisibles, IX, Las ciudades escondidas. 4, 1972, Siruela, 2002, pp. 166-7, tr. Aurora Bernárdez, t. c.]

FELICIDAD:
La vida no es feliz en Raísa. En las calles la gente camina torciéndose las manos, regaña a los niños que lloran, se apoya en los parapetos del río con las sienes entre los puños, por la mañana despierta de un mal sueño para empezar otro. En los talleres donde a cada rato alguien se machaca los dedos con el martillo o se pincha con la aguja, o mira las torcidas columnas de números en los libros de los comerciantes y los banqueros, o tiene delante las filas de vasos sobre el zinc de las tabernas, menos mal que las cabezas gachas te ahorran miradas torvas. Dentro de las casas es peor, y no hace falta entrar para saberlo: en verano sale por las ventanas el estruendo de las peleas y de los platos rotos.

Y sin embargo en Raísa hay en todo momento un niño que desde una ventana ríe a un perro que ha saltado a un cobertizo para comer un poco de polenta que ha dejado caer un albañil que desde lo alto del andamio exclama: “¡Prenda mía, déjame probar a una joven posadera que levanta bajo la pérgola un plato de guiso, contenta de servirlo al paragüero que festeja un buen negocio, una sombrilla de encaje blanco que ha comprado para pavonearse en las carreras una gran señora, enamorada de un oficial que le ha sonreído al saltar la última valla, feliz él pero más feliz todavía su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el cielo a un francolín, pájaro feliz liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo pintado pluma por pluma, salpicado de rojo y amarillo, en la miniatura de aquel libro en el que el filósofo dice: “También en Raísa, ciudad triste, corre un hilo invisible que une por un instante un ser vivo con oreo y se destruye, después vuelve a tenderse entre puntos en movimiento dibujando nuevas, rápidas figuras de modo que en cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe”. [Italo Calvino, Las ciudades invisibles, IX, Las ciudades escondidas.2, 1972, Siruela, 2002, pp. 156-7, tr. Aurora Bernárdez, t. c.]

FIJEZA:
La fijeza es siempre momentánea. Es un equilibrio a un tiempo precario y perfecto, que dura lo que dura un instante: basta una vibración de la luz, la aparición de una nube o una mínima alteración de la temperatura para que el pacto de quietud se rompa y se desencadene la serie de las metamorfosis. (…) Sí, nadie está solo y cada cambio aquí provoca otro cambio allá. Nadie está solo y nada es sólido: el cambio se resuelve en fijezas que son acuerdos momentáneos. ¿Debo decir que la forma del cambio es la fijeza o, más exactamente, que el cambio es una incesante búsqueda de fijeza? Nostalgia de la inercia: la pereza y sus paraísos congelados. La sabiduría no está ni en la fijeza ni en el cambio, sino en la dialéctica entre ellos. Constante ir y venir: la sabiduría está en lo instantáneo. Es el tránsito. Pero apenas digo tránsito, se rompe el hechizo. El tránsito no es sabiduría sino un simple ir hacia… El tránsito se desvanece: sólo así es tránsito. [Octavio Paz, “El mono gramático”, 1970]

FILOSOFIA :
Si concebimos el conocer como no tener una esencia, que deben describir científicos y filósofos, sino más bien como un derecho –según los criterios actuales- a créer, estamos en el buen camino, en el aue nos llevará a entender la conversación como el contexto definitivo el que debe entenderse el conocimiento. … El hecho de aue podamos reanudar la conversación con Platón sin discutir los temas que él quería tratar ilustra la diferencia existente entre tratar la filosofía como una voz dentro de una conversación y como el tema de dicha conversación. [Richard Rorty, La filosofía y el espejo de la naturaleza, 1980 cit. Peter Watson en Historia intelectual del siglo XX, 2000]

FIN:
No me hacía preguntas: caminaba, nada más caminaba, sin rumbo fijo. Iba al encuentro… ¿de qué iba al encuentro? Entonces no lo sabía y no lo sé ahora. Tal vez por eso escribí “Ir hasta el fin”: para saberlo, para saber qué hay detrás del fin. Una trampa verbal; después del fin no hay nada pues si algo hubiese el fin no sería fin. Y, no obstante, siempre caminamos al encuentro de…, aunque sepamos que nada ni nadie nos aguarda. Andamos sin dirección fija pero con un fin (¿cuál? Y para llegar al fin. Búsqueda del fin, terror ante el fin: el haz y el envés del mismo acto. Sin ese fin que nos elude constantemente ni caminaríamos ni habría caminos. Pero el fin es la refutación y la condenación del camino: al fin el camino se disuelve, el encuentro se disipa. Y el fin- también se disipa. [Octavio Paz, “El mono gramático”, 1970]

FORMA:
Como el aire, que siendo uno, aparece con formas distintas según las cosas que penetra, así el Ser, que está en todos los seres, siendo único, asume las formas de los diferentes seres. / Y a la vez trasciende toda forma. [Katha Upanisad, II, 2, 10]

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Como el fuego que, siendo uno, cuando aparece toma diferentes formas según las sustancias que quema, así el Ser, que está en todos los seres, siendo único, asume las formas de los diferentes seres. Y a la vez trasciende toda forma. [Katha Upanisad, II, 2, 9]

FRONTERA:
De dos maneras se llega a Despina: en barco o en camello. La ciudad es diferente para el que viene por tierra y para el que viene del mar.

El camellero que ve despuntar en el horizonte del altiplano los pináculos de los rascacielos, las antenas de radar, agitarse las mangas de ventilación blancas y rojas, echar humo las chimeneas, piensa en una embarcación, sabe que es una ciudad pero la piensa como una nave que lo sacará del desierto, un velero a punto de zarpar, con el viento que hincha ya sus velas todavía sin desatar, o un vapor con su caldera vibrando en la carena de hierro, y piensa en todos los puertos, en las mercancías de ultramar que las grúas descargan en los muelles, en las hosterías donde tripulaciones de distinta bandera se rompen la cabeza a botellazos, en las ventanas iluminadas de la planta baja, cada una con una mujer peinándose.

En la neblina de la costa el marinero distingue la forma de la giba de un camello, de una silla de montar bordada de flecos brillantes entre dos gibas manchadas que avanzan contoneándose, sabe que es una ciudad pero la piensa como un camello de cuyas albardas cuelgan odres y alforjas de frutas confitadas, vino de dátiles, hojas de tabaco, y ya se ve a la cabeza de una larga caravana que lo saca del desierto del mar, hacia el oasis de agua dulce la sombra dentada de las palmeras, hacia palacios de espesos muros encalados, de patios embaldosados sobre los cuales danzan descalzas las bailarinas y mueven los brazos, ya dentro, ya fuera del velo.

Cada ciudad recibe su forma del desierto al que se opone; y así ven el camellero y el marinero a Despina, ciudad fronteriza entre dos desiertos. [Italo Calvino, Las ciudades invisibles , I, Las ciudades y el deseo. 3, 1972, Siruela, 2002, pp. 32-3, tr. Aurora Bernárdez, t. c.]

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